sigo mirando de frente a la suerte. nos fumamos un cigarro de vez en cuando, ella me cuenta qué plan tiene pensado para mí. yo la miro, lloro en sus piernas y luego reímos juntas. me preparo un té, con una bolsa usada y sigo echándole endulzante, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, todas las tabletas para que endulcen un poco el sabor amargo que dejó su abandono. un abandono que no tiene nombre, que no tiene cara, que se identifica con el primero que llega y me mire a los ojos, y luego se vaya. mi amiga, la suerte, me sigue mirando también, se ofusca, me tira el pelo, me araña, me escupe y ensangrenta mi cara. ya no siente lástima por mi. yo tampoco. mientras dormía, un olor asqueroso me despertó, nauseabundo, me hacía vomitar y era él. él y su cuerpo, él y su sexo, él y su odio. yo quería que amaneciera, que se fuera de mi lado, que me dejara aquí, en este espacio tan mío, tan lleno de camilas por todos sus rincones, un espacio lleno de espacios vacíos, pero espacios que son míos. y él, él con su frágil cuerpo, sólo me dijo que ya no me amaba, que se iba, que me abandonaba. que yo lo cansaba, que seguía siendo mala, egoísta, insegura, triste y sucia. s u c i a. eso dolió. lo dijo con fuerza, como si cada una de las letras de esa palabra vinieran y se enterraran ahí, donde más llega. trató de besarme, quise golpearlo, quise matarlo. ya era tarde y tenía que levantarme. no me bañe. todavía tengo su olor en mi piel y no me gusta. estoy triste desde el día en que nací.
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