domingo, enero 30

Los zancudos

Siento mis latidos en el oído y cuando estabamos acostados también sentí los de él. A ratos, siento una alegría profunda, como si pudiese pasarme la vida acá, cocinando, escuchando al morit de las luces de ese subwoofer, caminando a la playa a pies pelao y mirando a la gente porteña que tiene todo el estilo de las pantorrillas hermosas. Pero él a ratos incuba todo eso en una gran nebulosa oscura y triste, como el pasaje que esta sobre el puente de su casa, ese pasaje que rememora los mejores tiempos de una Alemania que no conozco, y entonces hace como si yo no estuviera, me hace tocar mi piel y sentirla áspera, arrugada y triste. Eso es M, un gran árbol tosco e inmóvil. No se mueve, acaba rápido, no me abraza, esta muerto y yo lo quiero. Pero eso no basta para cuando dice entonces que soy a dramaqueen porque en serio me hace sentir so bad. Mal. Creo que voy a buscar mis calzones y me voy a mi homeless. Estoy puro webeando acá. Ni siquiera hablamos de cosas importantes. No me conoce. Fin.

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