Comenzamos hoy. En un bus, camino a Talca, camino a Chillán, con una mentirilla entre medio, pero camino a algo lindo y sanador. Sobre todo, calmo. No sé si empezar desde aquí a contar la historia o hacerlo cronológicamente, pues en este tiempo la verdad es que mi vida ha sido bastante irregular. Como una sopa cocinándose, girando hacia todos lados, pero claro, con gusto. Girando hacia arriba, hacia abajo, otras veces llegando a los extremos, en tiempo récord y durante mucho rato, girando, girando, mirando y sintiendo.
Chiloé. 100 lucas en la cuenta vista, mitad aportada por mi vieja, mitad robada de mi línea de crédito. Un bus hacia Puerto Montt, soledad absoluta cruzando el Canal de Chacao y la conciencia tremenda de saberse inquieta en un lugar desconocido y alejado de todo. Esa sensación jamás la he olvidado. Mirar al mundo y no ver nada, mirar el mar y no ver nada, sólo a mí, mis ojos, mis pies, la lluvia sobre el piso por donde yo camino, por donde yo me muevo, nada más. Una cama en una pieza oscura que por las tardes y noches fue mi refugio. Todo transcurrió rápido y lento, no logro comprender aún ese proceso, sólo sé que esos días descubrí algo: mi soledad ya no quería estar conmigo. Habíamos trazado un acuerdo mutuo durante mucho tiempo, pero no, no nos llevábamos bien por más que lo intentáramos. El olor a la naranja de la señora de los dulces, las fotografías y mi rostro nostálgico no hace más que confirmar la sensación. Ese viaje fue el inicio del fin, o quizá, el día en que decidí autofecundarme. Prefiero pensar eso último. Puse un óvulo sobre mi óvulo, una esencia sobre un vacío y comenzó mi embarazo.
Chiloé. 100 lucas en la cuenta vista, mitad aportada por mi vieja, mitad robada de mi línea de crédito. Un bus hacia Puerto Montt, soledad absoluta cruzando el Canal de Chacao y la conciencia tremenda de saberse inquieta en un lugar desconocido y alejado de todo. Esa sensación jamás la he olvidado. Mirar al mundo y no ver nada, mirar el mar y no ver nada, sólo a mí, mis ojos, mis pies, la lluvia sobre el piso por donde yo camino, por donde yo me muevo, nada más. Una cama en una pieza oscura que por las tardes y noches fue mi refugio. Todo transcurrió rápido y lento, no logro comprender aún ese proceso, sólo sé que esos días descubrí algo: mi soledad ya no quería estar conmigo. Habíamos trazado un acuerdo mutuo durante mucho tiempo, pero no, no nos llevábamos bien por más que lo intentáramos. El olor a la naranja de la señora de los dulces, las fotografías y mi rostro nostálgico no hace más que confirmar la sensación. Ese viaje fue el inicio del fin, o quizá, el día en que decidí autofecundarme. Prefiero pensar eso último. Puse un óvulo sobre mi óvulo, una esencia sobre un vacío y comenzó mi embarazo.
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