Yo también estoy buscando mi bolita verde. La busco entre mis cachureos, entre mis cuadernos del velador, las agendas de la infancia y no la encuentro. Parece que la perdí algunas veces en el cerro, cuando el Oddie corría y mi papá me obligaba a correr tras de él. La perdí en el camino, la perdí con el dolor, la perdí cuando dejé entrar a Laura en mi vida.
Camila y Sofía eran buenas amigas. Se apoyaban la una a la otra, eran dulces compañeras, se acariciaban, se soportaban, se contenían, se endulzaban. Laura llegó a imponer el orden, el estudio, la severidad, las reglas, Laura llegó a separarlas en casilleros distintos. Llegó a ser la mala amiga.
Un día Laura se dio cuenta de que Camila y Sofía escuchaban demasiado tras las puertas, escuchaban demasiada música triste, un día Laura se dio cuenta de que Camila y Sofía veían demasiadas teleseries, jugaban mucho a las barbies y las separaciones entre Ken y ella. Un día Laura se dio cuenta de que ellas no estaban haciendo lo correcto, que escuchaban demasiado tras las puertas y se estaban mimetizando con ellas. Y con su orden y estricto rigor quiso traerlas por el buen sendero.
En su propio cuaderno anotó varias metas y reglas para guiarlas. Les indicó reposo algunos días, cautiverio absoluto a Sofía, pues ella era quien más oía las voces. Camila, debía ser la mensajera, algo así como la relacionadora pública de esta ciudad. Y Laura, en cambio, llevaría las cuentas, impondría seriedad y mostraría que en esta casa hay alguien planificando.
Pero Laura se sintió sola. Y empezó a aplicar la severidad como la peor bruja de los cuentos. Su ambición por llegar arriba, por demostrar que esta ciudad merecía ser llamada nación, la llevó a una soledad abismante, y había dejado tan lejos a Sofía y a Camila que ya no podía luchar junto a ellas. No podía enfrentarse al batallón que se venía encima pidiéndole cumplir con sus promesas.
Y fracasó. Y le dolió, y en llanto compulsivo rogaba por los abrazos dulces de Sofía, en la oscuridad de su escritorio lleno de papeles manchados por firmas de extraños, pedía a gritos que Camila le llevara una buena taza de té de jazmín y un chocolate. Es que Camila era tan golosa que siempre tendría algo bueno para darle.
Y nunca llegaron. Ni han llegado. Laura, que siempre fue tan compuesta y entera, una mujer alta, llena de tezón, racional, decidida, con metas claras, estaba oscura, desteñida y con las puntas del pelo agrietadas.
Por sus ojos verdes encontró una salida. Pensó que tal vez si tomaba esas pastillitas que le había dejado un visitante las cosas volverían al estado neutral del principio. Ella quería empezar de nuevo, rearmar su arsenal y hacerle caso al extranjero que había dicho que eso era lo que debía hacer en caso de ataque.
El problema vino después, porque Camila había estado tanto tiempo haciendo relaciones públicas que en el camino se perdió y nadie sabía dónde estaba. Empezó a pitutear en distintos esteros: desde la poesía, el periodismo, las artes, a ratos incluso se convirtió en artesana, quiso ser naturista, vegetariana, buena novia, piernas largas y llegó tan lejos que no supo volver.
Sofía en cambio, se entregó en la oscuridad a sombras necias que le daban de comer a ratitos, que la alimentaban, que la ensombrecían pero con amor, la adormecían y le sacaban los torniquetes que la amarraban a la cama. A veces eran sombras muy amorfas, que no se distinguían y sólo parecían ser una buena compañía. Lo importante es que la hacían sentir como un rayito de sol de esos inviernos fríos que acostumbraban a vivir en esa gran capital llamada vientre.
Nunca se encontraron, hasta ese día. El primero de mayo llegó con furia, un día nublado y gris, lleno de sondas multicolores al estilo setentero.
Quiero cerrar los ojos y volver a encontrar mi bolita verde. Devuélvanmela. Me la merezco.
Camila y Sofía eran buenas amigas. Se apoyaban la una a la otra, eran dulces compañeras, se acariciaban, se soportaban, se contenían, se endulzaban. Laura llegó a imponer el orden, el estudio, la severidad, las reglas, Laura llegó a separarlas en casilleros distintos. Llegó a ser la mala amiga.
Un día Laura se dio cuenta de que Camila y Sofía escuchaban demasiado tras las puertas, escuchaban demasiada música triste, un día Laura se dio cuenta de que Camila y Sofía veían demasiadas teleseries, jugaban mucho a las barbies y las separaciones entre Ken y ella. Un día Laura se dio cuenta de que ellas no estaban haciendo lo correcto, que escuchaban demasiado tras las puertas y se estaban mimetizando con ellas. Y con su orden y estricto rigor quiso traerlas por el buen sendero.
En su propio cuaderno anotó varias metas y reglas para guiarlas. Les indicó reposo algunos días, cautiverio absoluto a Sofía, pues ella era quien más oía las voces. Camila, debía ser la mensajera, algo así como la relacionadora pública de esta ciudad. Y Laura, en cambio, llevaría las cuentas, impondría seriedad y mostraría que en esta casa hay alguien planificando.
Pero Laura se sintió sola. Y empezó a aplicar la severidad como la peor bruja de los cuentos. Su ambición por llegar arriba, por demostrar que esta ciudad merecía ser llamada nación, la llevó a una soledad abismante, y había dejado tan lejos a Sofía y a Camila que ya no podía luchar junto a ellas. No podía enfrentarse al batallón que se venía encima pidiéndole cumplir con sus promesas.
Y fracasó. Y le dolió, y en llanto compulsivo rogaba por los abrazos dulces de Sofía, en la oscuridad de su escritorio lleno de papeles manchados por firmas de extraños, pedía a gritos que Camila le llevara una buena taza de té de jazmín y un chocolate. Es que Camila era tan golosa que siempre tendría algo bueno para darle.
Y nunca llegaron. Ni han llegado. Laura, que siempre fue tan compuesta y entera, una mujer alta, llena de tezón, racional, decidida, con metas claras, estaba oscura, desteñida y con las puntas del pelo agrietadas.
Por sus ojos verdes encontró una salida. Pensó que tal vez si tomaba esas pastillitas que le había dejado un visitante las cosas volverían al estado neutral del principio. Ella quería empezar de nuevo, rearmar su arsenal y hacerle caso al extranjero que había dicho que eso era lo que debía hacer en caso de ataque.
El problema vino después, porque Camila había estado tanto tiempo haciendo relaciones públicas que en el camino se perdió y nadie sabía dónde estaba. Empezó a pitutear en distintos esteros: desde la poesía, el periodismo, las artes, a ratos incluso se convirtió en artesana, quiso ser naturista, vegetariana, buena novia, piernas largas y llegó tan lejos que no supo volver.
Sofía en cambio, se entregó en la oscuridad a sombras necias que le daban de comer a ratitos, que la alimentaban, que la ensombrecían pero con amor, la adormecían y le sacaban los torniquetes que la amarraban a la cama. A veces eran sombras muy amorfas, que no se distinguían y sólo parecían ser una buena compañía. Lo importante es que la hacían sentir como un rayito de sol de esos inviernos fríos que acostumbraban a vivir en esa gran capital llamada vientre.
Nunca se encontraron, hasta ese día. El primero de mayo llegó con furia, un día nublado y gris, lleno de sondas multicolores al estilo setentero.
Quiero cerrar los ojos y volver a encontrar mi bolita verde. Devuélvanmela. Me la merezco.
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